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cómo el delivery le da un empleo a Carlos Febres

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Todo fue circunstancial. Carlos Febres se quedó sin empleo de repente cuando comenzó la cuarentena y sabía que debía hacer algo para salir adelante con su familia. Lo encontró en una bicicleta y en el delivery con ella.

Tiene 26 años y su tía y abuela dependen de él, a quien se le ve por las calles de Valencia en bicicleta haciendo todo tipo de repartos a domicilio.

Él trabajaba en un cafetín de la capital carabobeña que cerró sus puertas con el inicio del aislamiento social.

Pero no se detuvo. Tenía una bicicleta prestada con la que cumplía con sus labores diarias y empezó a ofrecer servicios de delivery a través de sus cuentas en redes sociales.

Al principio nadie lo llamaba, y fue con el paso de los días, la crisis e combustible y el reciente incremento de casos de Covid-19 en la entidad que comenzaron a solicitar con más frecuencia sus servicios.

No ha sido fácil. Tuvo que entregar la bicicleta que estaba usando y empezó a buscar una para comprarla.

“Por mi casa hay un negocio en el que las reparan y le dije al dueño que me avisara si alguien quería vender una».

«Un día me dijo que un señor necesitaba vender la suya urgente porque no tenía dinero para comprar sus medicinas, y ese día me di cuenta que aunque algunos buscamos la manera de salir adelante, hay un sector de la población que se la está viendo muy difícil”.

La bicicleta que compró no estaba al 100%. Le faltaban las tripas y las guayas.

Pero eso no es todo. Hay gastos que debe hacer con frecuencia, conforme los recorridos que haga.

“Una tripa cuesta entre siete y ocho dólares, un caucho entre 15 y 18, las guayas 50 centavos de dólar, la idea es seguir haciendo el servicio para poco a poco comprar lo que la bicicleta necesita, hay que tener parchos en el bolso por si espicha un caucho, una bomba que cuesta como 10 dólares. Ahí voy, poquito a poco”, dijo sonriendo.

Antes de la emergencia que surgió por la pandemia ya Carlos había dejado a un lado los estudios. Estaba en cuarto semestre de terapia psicosocial y tuvo que congelar la carrera para trabajar.

“No conseguía nada en un horario que me permitiera ir a clases, así que tuve que tomar esa decisión”.

Él es optimista. Ha sabido conseguir el lado positivo de todo este drama a través del delivery.

“Esto me ha ayudado mucho a ver qué tan importante es recorrer la ciudad de manera ecológica y ver cómo muchas personas han dejado sus vehículos apagados y se montan en esas dos ruedas, echan pedal y pasan por donde nunca habían ido antes, se ve mucha gente en el centro, pasan por las parroquias Catedral, Candelaria y van a San José. Esto nos lleva a nuestras raíces”.

Lo ideal para él es hacer más de 10 entregas a domicilio al día. Pero a veces solo hace tres o seis, y hay oportunidades en las que no recibe ni una sola llamada. Pero él sigue adelante.





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