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Del ensayo mirandino – Noticias de Venezuela y el Mundo

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Por Luis Barragán

Nada convincente ha sido el manejo de la pandemia por la usurpación y, por aventajados que se digan su más fanáticos seguidores, sufren inexorablemente las consecuencias como las grandes mayorías del país que los adversa. Existe desconfianza con las informaciones oficiales, natural por la experiencia ya acumulada – incluso – en los otros y más variados ámbitos.

El régimen decidió ensayar con un decreto macabro, como el dictado en el estado Miranda. Apenas, dos turnos a la semana para adquirir los alimentos necesarios de acuerdo con el número de la cédula de identidad.

Podemos hacer cualesquiera consideraciones al respecto, sobre todo en el contexto de una economía devastada, por no citar la situación sanitaria en la que nos encontramos. Escasez de productos que ahora subirán desproporcionadamente de precios, tras la quiebra de la producción y de la comercialización que menos garantía de recuperación tiene en el sector público, susceptible de toda corrupción y corruptelas, con agentes políticos y nada pacíficos que ponen ávidamente la vista en el mercado negro.

Un amigo de avanzada edad que vive solo en una localidad mirandina, a quien no le alcanza la suma de la pensión y la jubilación de meritorio profesor universitario, convirtió la sardina en el núcleo de una supervivencia penosa, en sus más variadas presentaciones. El aun relativamente barato pescado, únicamente lo expenden en su pueblo, los días domingos y a él le toca ejercer el “derecho” de compra los miércoles, por lo que tendrá que idear otras artes culinarias para devorar los ácaros que anidan en los libros de su biblioteca.

El tan inconsulto decreto, con razón, le parece insensato absurdo y disparatadamente deliberado, hasta que, en una conversación telefónica que por fin nos permitió la plataforma, recordó que Stalin y Mao, en varias ocasiones, conscientemente, propiciaron sendas hambrunas en Ucrania y en China. Y el amigo en cuestión, nos refirió, que nada distante está ocurriendo en Miranda, aunque es peor para él, pues, recuerda  – amargado e impotente – aquellos genocidios de los que también disertaba en la cátedra, sin imaginarse jamás como la víctima que ahora es del ensayo mirandino.



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