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2020, el año del rey desnudo

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Si hay alguna coincidencia entre los distintos balances que se hacen del año que está por terminar es que aceleró muchas tendencias existentes. Una de ellas, y quizás de las menos evidentes, es que sacudió al sistema internacional y su creencia de un mundo globalizado. No cabe duda de que hoy la humanidad se encuentra más interconectada que nunca, pero tampoco puede dudarse que mayor interconexión no necesariamente significa un planeta más integrado. Los nacionalismos parecen haber encontrado un nuevo impulso, y con ellos el temor a los bárbaros, cuyo rostro suele encontrarse en el inmigrante, en el distinto, en aquello que recuerda la heterogeneidad del mundo.

La gran paradoja de los tiempos por venir, y de la cual se originan las principales tensiones del mundo contemporáneo, se derivan de dos fuerzas que avanzan en sentido contrario: el individuo y su afán de libertad frente a una realidad en la que cada vez más se depende del otro. Esta tensión la captó maravillosamente Albert Camus en su relato “Jonás o el artista trabajando” (1957), donde dibuja la historia personal de un artista, que es al final la historia de cada persona, y que contempla la gestación del ser, su ascenso y eventual descenso. Al final de esta historia Camus deja abierta la interrogante sobre el humano como ser libre o si, por el contrario, es un prisionero de su entorno.

La respuesta a la paradoja a la que expone Camus al lector, que es la misma a la que se enfrenta el mundo hoy, no puede darse en términos de una u otra pues al final de cuentas el ser humano implica ambas. Somos individualidades que son parte de un todo: familia, sociedad, planeta. Jonás sacrifica su arte e independencia inconscientemente a cambio de vincularse con su entorno, pero al final se vacía y termina solo, aislado del mundo. Cada persona se enfrenta a esta tensión a lo largo de su vida, a la renuncia individual por el encuentro con los demás, y aunque la manera de materializarlo varía (familia, comunidad, país, planeta) siempre implica una pérdida de libertad individual.

En el plano de la sociedad estas tensiones también están presentes. Un país debe enfrentarse a las fuerzas contrapuestas de una identidad nacional y una visión global. Pero esto no se reduce al estado – nación, incluso actores como las ONG, empresas privadas, y muchos otros actores internacionales, deben encontrar el equilibrio entre sus respectivas identidades y el todo. De hecho, si se quiere ir más allá, las religiones están llamadas a también encontrar un piso común a partir de sus propios símbolos y creencias. La humanidad está llamada a encontrar el equilibrio entre los distintos, en convertir la heterogeneidad en una fuerza que enriquezca y no en una razón de confrontación.

Lograr lo anterior implica un gran reto moral así como cambios de paradigmas importantes. A primera vista pareciera que el año 2020 pudiera poner un freno a una mayor integración mundial, el temor y la desconfianza están haciendo su trabajo. Sin embargo, este año es un recordatorio de la interdependencia de la humanidad, no solo entre ella sino con su entorno. Aún en términos “racionales”, o individualistas, la humanidad debe aprender a resolver colectivamente los retos a los que se enfrenta. El ambiente, las migraciones forzadas, el terrorismo, y muchos otros retos, solo podrán ser resueltos más allá del concepto reduccionista del estado – nación.

Es posible que en el corto plazo no se perciban mayores cambios en los paradigmas dominantes. De hecho, quizás se vean algunas tendencias que los refuercen, pero como en el cuento de Hans Christian Andersen, El traje nuevo del emperador, hay voces que empiezan a señalar que el traje de la globalización es una ficción. Frente a esto, el gran reto es reforzar la integración del mundo, y no terminar de destruir lo poco o mucho que se había avanzado en esta. Hoy hay voces que apelan a lo contrario, pero hay muchas otras que apelan a una verdadera integración, quizás aún lejana, pero no por ello imposible. En ese sentido, el 2020 ha sido un buen año, pues nos ha recordado que todos estamos en el mismo barco.

Twitter: @lombardidiego



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