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Manuel Malaver: La verdadera agenda en México: Presidenciales, CNE, habilitaciones vs sanciones e interinato

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Aunque la oposición y la dictadura venezolana iniciaron el ritual de los diálogos en fecha tan lejana como los primeros meses del 2002, los mismos no pasarían a ser un elemento esencial de la cultura híbrida demosocialista que rige al país desde febrero de 1999. Todo parecía que se dirigía a un final conclusivo por los resultados de las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre del 2015 que le dieron a los partidos democráticos mayoría absoluta en la Asamblea Nacional.

Fue un crackdown que no estaba en los cálculos ni del gobierno ni de la oposición que esperaban un resultado ajustado en décimas para uno u otro bando y, por tanto, ideal para empezar a medirse de “tú a tú” y en la perspectiva de que concesiones más, concesiones menos, se llegara poco a poco a la verdad de que “el socialismo” había perdido la mayoría y debía entregarle el poder al pueblo. Pero esto que fue seguido por un “vuelvan caras” del oficialismo vía la manipulación “constitucional”.

Para empezar, la Sala Constitucional del TSJ anuló la legalidad de tres diputados indígenas que habían sido electos por el Estado Amazonas. Después legisló para reformar la Constitución y quitarle facultades a la AN y, por último, inventó la argucia jurídica del “desacato” que dejaba al Poder Legislativo “en rebelión” si no aceptaba el contragolpe del Ejecutivo judicializado por la Sala Constitucional.

En otras palabras, el país se abrió “a una guerra civil de facto”, “no declarada”, entre los poderes Legislativo y Ejecutivo y que la victoria le correspondería al que agrupara más cañones, en este caso, pueblo y Fuerzas Armadas para imponerle la voluntad de los votantes o de la dictadura al otro.

Puede afirmarse que desde aquella noche del 6-D del 2015 en que el CNE aceptó que la oposición había ganado la mayoría absoluta en la AN, la política venezolana ha estado signada por esta “guerra civil”, con la oposición respaldada en la calle por millones de electores que reclamaban se les hiciera efectiva la victoria y la dictadura recostada en los cuarteles, los cuerpos represivos y los colectivos de paramilitares negándola y tratando de revertirla para cumplir el dogma de que “dictadura socialista no sale con votos”.

En este contexto, surgió la cultura política de los diálogos, que es un mecanismo, método o escuela netamente venezolano y producto de aquellas especiales circunstancias en que un Poder Ejecutivo neototalitario es derrotado por un Poder Legislativo democrático en un proceso electoral y que espera aún o porque el primero sin armas imponga su victoria o porque el segundo armado la revierta haciendo valer la fuerza del golpe militar.

¿Qué ha permitido que esta ambigüedad perdure y que el país haya marchado en los últimos cinco años gobernado o semigobernado por dos poderes inclinándose, a veces, la balanza a favor de uno o de otro? Pues que ningún de los dos ha abrumado mayoritaria o militarmente al otro, imponiéndose en unas oportunidades la fuerza de la legalidad y en otras la fuerza de la fuerza.

Y en esta disyuntiva nada más adecuado para una comunidad internacional cuya filosofía política desde la “Segunda Guerra Mundial” es evitar guerras y conflictos imponiendo a las partes la vía de diálogo y la negociación. Que los campos de batalla se cambien por mesas de conversaciones donde se discuta de lo humano y lo divino y de ahí salga la solución mágica, o los avances que creen la ilusión que, a pesar de todo, no se está lejos del final.

Esta es la situación, o clima, con que se inició el viernes el sexto diálogo o negociación entre oposición y dictadura venezolanas en la capital de México y cuya agenda no están claros, pues ni el gobierno está penando por algunas concesiones que de vida o muerte tendría que hacerle la oposición, ni la oposición buscaría objetivos de los cuales dependería su recuperación en el mediano o largo plazo.

En lo que toca a científicos sociales, analistas o formadores de opinión es evidente que sigue vigente el clima de “guerra civil no declarada” que reina desde finales del 2015, pero muy menguado por la pérdida de apoyo popular que ha sufrido el “gobierno interino” que preside Juan Guaidó en la calle y por una dictadura socialista que rodeada por los escombros de un país en ruina, sigue contando con el respaldo de la FAN, los cuerpos represivos y los colectivos, pero con un apresto operativo reducido casi a cero.

Una teoría en boga para justificar la presencia de la oposición en Ciudad México sería negociar con Maduro el regreso de las tarjetas electorales de los partidos del G-4 para participar en las elecciones de Gobernadores y Alcaldes programadas por el CNE madurista para el 21 de noviembre próximo. Pero se trataría de una gestión tardía, pues ya no habría tiempo para que el trámite pudiera cumplirse y, aunque se cumpliera, tampoco quedaría espacio para realizar la campaña electoral.

En cuanto a la dictadura -habría que decir, de paso, que sostuvo varias veces que no estaba interesada en el diálogo y que casi fue a Ciudad México a regañadientes- la teoría establece que Maduro estaría desesperado porque se le levanten las sanciones y que accedería a cualquier exigencia de la oposición -siempre que no fuera extrema- si se le garantiza que, tanto los EEUU, como la UE, lo amnistían de semejante “camisa de fuerza”.

Sin embargo, habría que replicarle a tan alegre manifestación de optimismo que Maduro ha sobrevivido en estos largos casi seis años de “guerra civil no declarada” con pérdidas pero no decisivas, con el apoyo militar, policial y de los colectivos, si no intacto, no al nivel de amenazar su gobierno y que los sistemas socialistas, desde los tiempos ya lejanos de la URSS y los satélites sobrevivientes de Cuba y Corea del Norte, son expertos en no retroceder por bloqueos, embargos y sanciones y que más bien los aprovechan para no cumplir las resoluciones y disposiciones de la ONU u otras multilaterales.

De modo que, desmontadas las teorías de por qué la oposición democrática y la dictadura están dialogando por sexta vez en Ciudad México, persiste la pregunta: ¿qué los mantiene en una nueva conversación y por qué Maduro, que al comienzo se mantuvo reacio a asistir, terminó enviando una nutrida delegación a la cita?

Mi opinión es que ahora el G-4 irá con una propuesta más amplia para que Maduro ceda en aspectos como son la devolución de las tarjetas, el nombramiento de un nuevo CNE independiente y la realización de elecciones presidenciales para el próximo año.

Y para ello, nada como ofrecer el desmontaje de la estructura del gobierno interino tanto dentro, como fuera del país, y hablamos, en primer lugar, de la disolución de la AN del 6-D del 2015 que aun persiste en una Comisión Delegada y de la renuncia de un grupo de embajadores que representan al interinaje de Guaidó en unos pocos países.

Como ejemplo, podríamos citar la renuncia Tomás Guanipa a la representación diplomática de la oposición en Bogotá; a otros embajadores renunciantes que se conocerán en los próximos días y a otros que han abandonado las sedes diplomáticas de hecho.

Desde luego que en el diálogo de Ciudad México también estarán presentes temas como la propiedad de Citgo, el tema del oro en Londres y de Manómeros Colombo-Venezolanos, pero sobre cuales serán las formas como serán introducidos en las conversaciones y solucionados sus impases no tenemos informaciones.

En definitiva, que los temas de las tarjetas opositoras y aún el de las sanciones puede que sean abordados pero como abrebocas, aperitivos, porque auténtico menú del debate, aquel por el que terminó Maduro yendo a México, es el de poner fin a la existencia de los dos gobiernos en Venezuela e instrumentar la jugada final para la existencia de uno solo.

¿Será electoral o por el abandono de una de las partes? Lo sabremos en los próximos días.



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