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Hablan los venezolanos que «botaron» frente a la casa de Kamala Harris


Carlos tiene 28 años y «por el trauma» de sus 45 días de viaje atravesando América no recuerda cuántas noches lleva en Washington. Esto se debe a que en la madrugada del pasado 15 de septiembre, un autobús «dejaba botados» a decenas de venezolanos frente a la casa de la vicepresidenta estadounidense, Kamala Harris.

«Nos dijeron ‘bájense ahí, que aquí es donde se van a quedar’. Me bajo y veo unos policías y veo que dice ‘naval’, que empiezan a llegar periodistas. Ahí es donde vino mi pregunta, ¿dónde estamos, por qué acá?«, cuenta a la agencia de noticias EFE el joven venezolano.

Las televisiones amanecían con las imágenes de decenas de inmigrantes bajándose de dos autobuses, desorientados, sin saber dónde ir. Todo junto al Observatorio Naval, la residencia oficial de Harris.

En el viaje, organizado por el gobernador de Texas, Greg Abbott, dos agentes que los acompañaron les habían prometido techo y comida al llegar. Pero solo había focos y flashes, los de la prensa para presenciar el show mediático.

CARLOS SE SIENTE UNA FICHA MÁS

Cuando abordó el bus, a Carlos lo convirtieron en una ficha del juego político que los gobernadores republicanos llevan meses practicando, el traslado de inmigrantes desde sus estados a otras partes del país, como protesta por la política migratoria del presidente Joe Biden.

«Eso es un juego político terrible. No pensamos que iban a hacer eso con nosotros y lo encuentro muy bajo. Somos personas que no teníamos dónde llegar y que huimos de una dictadura«, apunta el venezolano.

Pese a esto, este joven originario del estado Táchira, que migró primero a Chile para conseguir dinero, cuenta que Aboott, sin pretenderlo, les ha hecho un favor, tanto a él como a sus tres compañeros también venezolanos.

«Aquí en la construcción hay mucho más trabajo«, cuenta Darwin Talavera, que llegó en otro bus a la capital estadounidense, aunque a una estación donde voluntarios atienden a los que arriban.

Desde abril de este año, unos 8.000 migrantes han llegado a la ciudad en estos buses. El flujo es tal que la alcaldía acaba de anunciar la creación de una agencia dedicada a atenderlos. Muchos son trasladados a otros lugares porque tienen familiares con los que reunirse.

Otros, como Darwin, Carlos, Jesús y Daniel, residen en refugios públicos. El suyo, donde tiene lugar esta entrevista, está ubicado en Anacostia, la zona más peligrosa de la capital estadounidense.

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Miles de migrantes venezolanos están en refugios públicos en varias zonas de Estados Unidos. Foto: cortesía

Aun así, está nuevo y limpio y los cuatro están más que satisfechos de tener «un techo y un plato de comida», explica Carlos.

Lo más duro ha pasado, pero en Estados Unidos les espera lo más complicado, encontrar una estabilidad para sobrevivir y enviar dinero a casa pese a su situación irregular, que los convierte en carne de cañón para los aprovechados.

Carlos acaba de regresar de su primera jornada laboral. Edwin, Jesús y Daniel ya llevan varias. Hacen trabajos de albañilería para personas que los subcontratan.

Darwin y Jesús están felices porque han cobrado 150 dólares al día, unos 100 menos de los que –están seguros- está ganando el contratista con su trabajo. En Venezuela tardarían en ganarlos «cuatro o cinco meses», calcula Jesús.





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